Equipo médico
La jefe Edna, una vida al servicio de las sonrisas
Edna Lucía Guerrero llegó a Operación Sonrisa en 2017 como voluntaria de enfermería. Nunca imaginó que ese sería el inicio de una transformación profunda —de su vida, de su propósito y de su manera de ver el mundo—. Con el tiempo, ese amor por servir la llevó a dar un paso enorme: convertirse en parte del equipo permanente de la Fundación. “Fue una decisión de vida”, recuerda, “pero decidí arriesgarme… y aquí estoy”.
Como voluntaria, Edna vivió la misión desde la mirada de quien llega a una jornada y todo ya está listo. Pero cuando pasó a ser parte del equipo clínico, descubrió el otro lado del telón: el trabajo silencioso, minucioso y lleno de compromiso que permite que cada cirugía sea posible. “Construir un programa es muy dispendioso”, cuenta. “Nunca imaginé el esfuerzo detrás de la logística, los aliados, los convenios… y sobre todo la consecución de pacientes. Uno como voluntario no ve ese mundo”.
Hoy, como líder clínica, viaja constantemente por el país llevando la misión a los lugares donde más se necesita. Y aunque cada viaje la llena de sentido, también representa un reto personal. “Soy madre cabeza de hogar”, dice con honestidad. “A veces mis hijos reclaman ese tiempo de mamá. Pero tengo su apoyo, y el de mi mamá, que es mi mano derecha. Gracias a ellos puedo seguir cumpliendo esta labor”.
Entre tantas jornadas, historias y familias, hay recuerdos que se quedan tatuados para siempre. Uno de ellos ocurrió en Riohacha, cuando aún era voluntaria. Allí conoció a un pequeño paciente con paladar hendido y una protrusión abdominal que hacía que otros niños se burlaran de él. “Yo sabía que recibía bullying por esa bolita”, recuerda. Después de analizar el caso con el equipo, decidieron ayudarlo no solo con su paladar, sino también corrigiendo la condición abdominal para que pudiera recuperar confianza y tranquilidad. “Fue muy feliz cuando salió de cirugía… saber que ya no iba a sufrir por eso nos llenó a todos”.
Pero más allá de los diagnósticos o procedimientos, lo que mueve a Edna es el sentido profundo de esta misión. “Uno piensa que viene a transformar la vida de los niños”, dice, “pero realmente son ellos quienes transforman la nuestra”.
Cada abrazo, cada palabra, cada mirada agradecida se vuelve combustible para seguir. Y en Edna, ese amor por servir es evidente. Su historia lo demuestra: la vocación la trajo, la entrega la sostuvo y los niños siguen siendo su motor.
Por eso, cuando le preguntan qué le diría a alguien que quiere ser voluntario, lo tiene clarísimo:
“Entiendan que esto no solo cambia la vida de los niños y niñas. También cambia la nuestra. Aquí uno comprende por qué hacemos lo que hacemos… y cada programa te recuerda que vale totalmente la pena”.
Edna es una de esas sonrisas que inspiran: una mujer que entrega su vida para que otras vuelvan a brillar.